La solidaridad rural mitiga el hambre de sus hijos en la ciudad

Econ. Pablo Villa Incattito
Centro Bartolomé de Las Casas

Han transcurrido cerca de 40 días de vigencia de las medidas de aislamiento social en el país, los efectos de la pandemia se tornan cada vez más severas, especialmente las familias de los trabajadores independientes son las más golpeadas.

No obstante, aquel cordón umbilical entre el campo y la ciudad se pone de manifiesto en favor de los miles de inmigrantes de origen campesino y, que se encuentran en las grandes ciudades de todo el país, en busca de mejores oportunidades económicas, estudio, salud, etc. Hoy, se encuentran atrapados por el hambre, en ciudades donde la ley del “sálvese quien pueda” es el pan de cada día, donde la solidaridad es casi un valor del pasado.

Pero hay lecciones que aprender, justamente, de los habitantes de los espacios rurales, de aquellas familias campesinas empobrecidas, que abastecen el 70% de los alimentos (papa, ollucos, granos, queso, entre otros), de consumo masivo en nuestro país.

Durante este periodo de aislamiento social y feroz ataque de la pandemia, en el sector del Polideportivo de Cajonahuaylla, distrito de San Jerónimo, provincia y departamento del Cusco, es frecuente observar que se forman largas colas que fácilmente pueden bordear las 2 mil personas, en su mayoría originarios de la Provincia de Paucartambo, residentes en Cusco. 

Las largas colas, no son para recibir ayuda estatal alguna, son para recibir las “remesas de solidaridad” de las familias campesinas, para sus hijos en la ciudad. Las remesas consisten en pequeños sacos de productos de pan llevar.

En reciprocidad, lo mínimo que podrían hacer los gobiernos locales y regionales, en el muy corto plazo, es brindar las facilidades de espacios determinados, para que las “remesas de solidaridad” sean entregadas con las seguridades que la situación de emergencia exige. Y en un mediano y largo plazo, se espera que los diferentes niveles de gobierno destinen inversiones que ayuden a fortalecer y consolidar la agricultura familiar.

ANEXO FOTOGRÁFICO
Ana Roman

Ana Roman

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